Traducción del artículo publicado il 26 de noviembre de 2016 por Lia De Feo.
No logré amar a Cuba, en los tres años que pasé estudiando allí. Tanto es así que me iba para México cada vez que podía, y al final en Cuba habré pasado en total un año y medio. No la he amado porque no amo las islas, en general, y porque los cubanos me ponían histérica. Y es que era para sufrir: el embargo es una retahíla de cosas que no funcionan, que no se hallan, que no hay como resolver. Los embargos crean países extenuantes en los que la supervivencia depende de cómo te organices y donde tú, extranjero, siempre tienes la culpa: porque tienes más plata -eso creen ellos- y vienes de esa parte del mundo que quiere ver que Cuba caiga, y la isla te responde quitándote tus rasgos humanos y transformándote en una billetera que camina, caricaturizándote en el cliché del extranjero en Cuba que, casi siempre, no es una buena persona. Y por eso yo, cada vez que podía, tomaba mi Cubana de Aviación y en 50 minutos estaba en México, donde la gente era normal y no esperaba algo a cambio solo por responder a un “buenos días”. Y en donde, perdónenme, comía: una ensalada que no fuera de coles, una menestra que no fuera siempre y solo de arroz con frijoles, una fruta que no fuera la única que encuentras en Cuba de trimestre en trimestre. Una excepcional papa. Un helado que no hubiera sido congelado y descongelado veinte veces. En Cuba, a no ser que uno no quiera gastar mucho dinero -y aún así, no sé- aprendes lo que es la privación sensorial, luego de meses probando un solo sabor. En Cuba una vez casi me desmayé en un supermercado, luego de dos días transcurridos en la infructuosa búsqueda de un tomate. El cuerpo te pide algunas vitaminas o sustancias minerales y tú no se las puedes dar. Aterrizaba en México y, los dos primeros días, devoraba todo.

